Hola queridos lectores.Desde ayer he recomenzado mi actividad blogera y hoy vengo con un relato que os prometi hace un tiempo.Hoy empiezo a publicar "Tumithak de los corredores"(1931) de Charles R. Tanner.Cada dia si me es posible publicare una parte de este relato que he extraido de "antes de la edad de oro",una recopilacion de Isaac Asimov con los relatos que mas le gustaron en su juventud,antes de empezar a escribir profesionalmente.
Aqui teneis Tumitahk de los corredores: El muchaho y el libro(picad en el enlace para verlo)
Antes del relato Asimov nos dice:
La primavera de 1932 coincidió con el fin de mi paso por la escuela secundaria inferior 149. La clase celebró la ceremonia de graduación en un elegante local de algún punto de Brooklyn. Mi padre me regaló una estilográfica (el obsequio tradicional, naturalmente, muy adecuado en mi caso... aunque por aquel entonces, mi padre y yo aún no lo sabíamos).
Pero lo más importante fue que tanto mi madre como mi padre consiguieron prescindir de las obligaciones de la confitería (no sé si la cerraron, o contrataron a un suplente para ese día) para poder asistir a la graduación. Eso demuestra que se la tomaron muy en serio.
Sólo recuerdo dos cosas. La primera, que el orfeón de la escuela cantó el Gaudeamus Igitur. Cuando llegó el verso «la gloriosa juventud está con nosotros», me sobrecogió una aguda y dolorosa sensación de nostalgia, al pensar que acababa de graduarme, y que la juventud se alejaba rápidamente.
Pero entonces sólo tenía doce años y aquí estoy, más de cuarenta años después, y la juventud todavía no se ha alejado (todavía no, ¡oh jóvenes maliciosos!).
La segunda cosa que recuerdo es que fueron otorgados dos premios, uno al alumno más sobresaliente en biología y el otro al más sobresaliente en matemáticas. Los ganadores se pusieron en pie y subieron al escenario para ser cubiertos de gloria en presencia de sus orgullosos padres. Yo sabía que en algún lugar, entre el público, el ceño de mi padre se arrugaba con sombría desaprobación, porque yo no estaba entre los ganadores.
Por cierto que cuando regresamos a casa mi padre, en tono terrible y patriarcal, quiso saber por qué no había yo ganado ninguno de los premios.
—Papá —respondí (pues había tenido tiempo de pensar esa explicación)—, el chico que ganó el premio de matemáticas es un cateto en biología. El que ganó el premio de biología no sabe cuántas son dos y dos. Pero yo he quedado el segundo en ambas asignaturas.
Era verdad, y eso me salvó. Nadie volvió a mencionar el tema.
Los últimos meses en la escuela secundaria inferior fueron más alegres para mí gracias a Tumithak de los corredores, de Charles R. Tanner, que apareció en «Amazing Stories» de enero de 1932.
Comentario de Asimov:
Tumithak de los corredores fue, con mucho, el mejor y más emocionante relato que había leído hasta entonces.
He de confesar que cuando releo estas narraciones antiguas no siento, a mis cincuenta y tantos años, la misma emoción que sentía en mi juventud. Ahora me doy cuenta de los defectos estructurales y estilísticos que entonces no advertía.
Pero he de decir que los defectos me parecieron insignificantes cuando releí Tumithak de los corredores. Incluso ahora que mi pelo ha comenzado a encanecer, me he sentido tan conmovido como cuando era alumno de secundaria.
Me pareció que los personajes eran humanos, y el héroe tanto más admirable por cuanto no ignoraba el miedo. El argumento me resultó interesante y hallé una profunda humanidad en la frase: «A Tumithak le faltaba aprender que, no importa en qué nación o época se halle uno, siempre puede encontrar delicadeza, si la busca, lo mismo que brutalidad». Éste era un punto de vista desusado en una época en que la literatura popular aceptaba sin discusión los
prejuicios raciales.
Pero lo fundamental es que había (y hay) algo fascinante para mí en la idea de un inmenso sistema de corredores subterráneos.
Soy claustrófilo. Me gusta la sensación de estar encerrado. Me agradan los túneles y los pasillos, y no me molesta la ausencia de ventanas. Elegí la oficina donde trabajo porque da a un patio trasero. Mantengo corridas las cortinas y trabajo siempre con luz artificial.
Siempre he sido así. Recuerdo que, de pequeño, cuando tomaba el metro para ir a la escuela, me fascinaban los quioscos que solía haber en las estaciones. A última hora de la noche los veía cerrados, y sabía que dentro se guardaban todas aquellas estupendas revistas «pulp» que no me permitían leer mis progenitores. En la imaginación me veía encerrado en uno de esos quioscos, aunque con la luz encendida, naturalmente, oyendo a intervalos regulares el estrépito del tren subterráneo al pasar, y leyendo, leyendo, leyendo.
No me interpretéis mal. No padezco ninguna neurosis, en cuanto a esto. El apartamento donde vivo está en una vigésimo tercera planta, tiene amplias ventanas que dan a Central Park, y entra el sol durante todo el día.
Bien; me he apartado de la cuestión. Los corredores me gustaron, y nunca los olvidé. En 1953, cuando escribí The Caves of Steel y describí con cariño la ciudad subterránea del futuro, no olvidé Tumithak de los corredores.
Al releer el cuento reparé en un detalle que había olvidado. Está narrado en forma de crónica. El narrador se sitúa en un futuro lejano, rememorando hechos que tuvieron lugar en lo que constituye para él un pasado legendario. Al parecer, no me había fijado en esto, ya que no lo recordaba.
Pero, ¿olvida uno realmente? Más tarde, cuando escribí mi trilogía de la Fundación en forma de crónicas noveladas del futuro, ¿respondía al vago recuerdo inconsciente del planteamiento narrativo de Tumithak de los corredores?
En los últimos meses de mi paso por la escuela secundaria inferior, decidí solicitar mi ingreso en la escuela secundaria masculina de Brookiyn. Según el desarrollo normal de los acontecimientos, me tocaba asistir a la escuela secundaria Thomas Jefferson, que era la más cercana al lugar donde vivía. Los graduados de la escuela secundaria inferior 149 solían pasar en masse a la Jefferson, y también lo hicieron los de mi curso. Fui uno de los tres alumnos, según creo, que optaron por la otra.
Como notaréis, en aquella época tenía ambiciones vagas pero más elevadas. La escuela secundaria masculina en cuestión era famosa por la calidad de su enseñanza. Mis padres deseaban verme ingresar más adelante en la Facultad de Medicina, y les pareció que aquélla
era la mejor vía de acceso.
He meditado a menudo sobre las consecuencias de tal decisión. La escuela secundaria Jefferson era mixta. Si hubiera transcurrido allí el comienzo de mi adolescencia, indudablemente me habría fijado en las chicas. Y, por consiguiente, habría tenido un poderoso motivo para ampliar mis actividades: aprender a bailar, por ejemplo, o saber desenvolverme con facilidad y corrección frente al sexo opuesto. De otro lado, también es de suponer que ello habría afectado desastrosamente a mi aplicación en el estudio.
En la otra escuela, cuyo alumnado era exclusivamente masculino, me sumergí en una vida monástica, con pocas distracciones que me apartaran de las tareas escolares o me incitaran a ampliar mis actividades.
Por esta razón, durante mi adolescencia y a comienzos de mi tercer decenio de vida, me sentía violento en presencia del elemento femenino. Desde luego, logré corregirme, me casé a los veintidós y durante muchos años he sido famoso por mi delicadeza con las señoras.
Incluso he escrito un libro titulado The Sensuous Dirty Old Man («El viejo verde voluptuoso»), sin que nadie discutiera mi cualificación para realizar ese trabajo.
En cambio, ¿qué habría ocurrido si hubiese asistido a la Jefferson y no a la escuela secundaria masculina?
Pero ¿qué importa? Pudo ser mucho peor. Bien mirado, la mayoría de las chicas de mi clase habrían tenido dos años y medio más que yo. Les habría parecido ridículamente joven, carente de atractivo y falto de mundología. Es seguro que habría recibido calabazas de todas clases, y quién sabe a qué punto me habría acomplejado eso.
La vida monástica del comienzo de mi adolescencia no se veía amenazada (o aliviada, si lo preferís) en modo alguno por mis lecturas de ciencia-ficción. En la década de los 30, la ciencia-ficción era un dominio casi exclusivamente viril. Al fin y al cabo, la inmensa mayoría de los lectores eran hombres, y lo mismo puede decirse de los autores.
Naturalmente, en los relatos figuraban personajes femeninos. Pero ellas sólo servían para ser secuestradas, y luego rescatadas para que el bueno y el malo lucharan por ella (como ocurría en Awlo de Ulm). No tenían vida propia ni dejaban impresión duradera.
Sin embargo, de aquellos primeros años recuerdo que una vez me sentí verdaderamente conmovido por la descripción de las relaciones entre hombre y mujer en un relato de ciencia-ficción. Tal vez era inevitable que la mujer no fuese en realidad una mujer.
El relato en cuestión. La Era de la Luna, de Jack Williamson, fue publicado en «Wonder Stories» de febrero de 1932, y me enamoré de la selenita a quien Williamson llama la «Madre».
geraldine jimenez pando — 23-01-2006 20:25:33
Enrique Honorio — 14-12-2007 16:28:11